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Angel Orensanz, el artista con una sinagoga del Lower East Side para su propio culto

“El dinero crea violencia e injusticia y mata la sensibilidad de los niños”


El escultor aragonés Ángel Orensanz se estableció en Nueva York a mediados de los ochenta y creó la fundación que lleva su nombre en una antigua sinagoga del Lower East Side. Se trata de un enclave muy peculiar, desde el que su genial ocupante ha llevado su arte a lo largo y ancho del mundo.

Angel Orensanz es un genio y lo sabe. Él no es el único que lo proclama, la crítica y su proyección lo avalan. Sus obras pueden encontrarse en plazas y museos de medio mundo. En 1996 fue inscrito por la Academía Internacional de Arte Moderno de Roma en su Albo d’Orojunto con Chillida, Manzu y Henry Moore; en 2001, la Bienal de Arte Contemporaneo de Florencia dedicó un homenaje a toda su obra, y un año después fue galardonado en España con la Medalla de Oro de la Academia de Bellas Artes.

Pero todo esto no es más que documentación. Orensanz no habla de su trayectoria, prácticamente no se refiere a nada que tenga una solidez física o histórica, no responde a una sola pregunta que ELHECHO le plantea, en su cabeza sopla un cierzo poderoso con torbellinos de conceptos y divagaciones que hacen cambiar el rumbo de la conversación como una veleta descontrolada.

El artista trashumante
De Leonardo Da Vinci, pasamos a Victor Hugo, Joaquín Costa, Ramón y Cajal, Buñuel y Charles Chaplin. ¿Qué tienen en común estos personajes?:
“Que nacieron en pueblos -dice Orensanz-. Todos los genios nacen en pueblos diminutos”. Él también viene de una aldea perdida en el Pirineo Aragones llamada Laurés. De allí se fue a Barcelona para estudiar Bellas Artes y luego dio el salto a París. “Cuando llegué a París -recuerda-, era el planeta del arte, allí los intelectuales eran respetados. Luego vine a Nueva York y ya no me gustó más esa ciudad”.

La Gran Manzana le sirvió de escaparate cuando era casi un desconocido a este lado del océano. Su tarjeta de presentación fue la decoración interior del Estudio 54. “En los sitios pequeños nunca se ha hecho nada”, comenta, y a colación se interesa por la tirada de esta publicación y el espacio que le será otorgado a su entrevista. “Bueno -se consuela-, a lo mejor lo lee alguien importante”.

Le gusta influir, que sus obras las vea el mayor público posible, por eso prefiere la calle a los museos. No le han faltado oportunidades, sus esculturas se han plantado en el Holland Park de Londres, en el Roppongui de Tokio, en la Plaza Roja de Moscú en incluso en Central Park. Sin embargo a Orensanz siempre le han interesado los escenarios naturales -“Soy un animal en una realidad muy parecida al paisaje”-; se pueden ver sus obras en lugares inhóspitos del Alto Ebro y el Pirineo Aragonés, le encanta contrastar su arte con la adversidad y braveza del entorno, situa esculturas en la nieve y el agua e incluso, en ocasiones, les prende fuego o las hace volar por los aires con dinamita.

Una vida de película
Orensanz sugiere que esta entrevista podría ser el primer
capítulo de un libro o, mejor aún, de un “guión fantástico”.
“Es muy de película esto que cuento. ¿No te parece admirable? Apunta, apunta, lo puedes escribir tal que así”. La narración de cómo el arquitecto Jonh Portman le encargó seis colosales totems de acero esmaltado le entusiasma, o al menos consigue seguir un hilo argumental. Esculpió las columnas en un pueblo de Huesca, luego las hizo pasar por material industrial para evadir impuestos en el transporte en barco desde Valencia a Atlanta, donde se instalaron. Al llegar a puerto un estibador “negro” dejó caer una de las piezas provocando serios desperfectos. “Si no me agarran, lo mato”, cuenta Orensanz. Pero al final, aquel accidente resultó providencial, a Portland le fascinaron las esculturas, y en especial la que había sido dañada.

Por aquel trabajo, en el año 85, Orensanz asegura que se embolsó cerca de un millón de dólares. De ahí salió el dinero que luego invertiría en fundar su templo. Buscaba un estudio en Manhattan y alguien le habló de una vieja sinagoga destartalada en manos de un judío ávido de negocio. Fue rehabilitándola poco a poco, sin hacerlo aún del todo, con la ayuda de algunos artistas que exponían en el lugar, y con el dinero que proviene del aquiler para conferencias, fiestas y bodas. Algunas de las celebridades que han ido pasando por el centro también aportaron su granito de dólar. Orensanz muestra orgulloso las fotos en que se ve acompañado por Jeremi Irons, Spike Lee, Steve Martin y hasta el alcalde Bloomberg.

En el monólogo de Orensanz hay un término inglés que se repite a cada momento: establishment. “Se puede conquistar el poder de la imaginación, pero no siempre el poder económico”, dice, y asegura detestar el dinero, “crea violencia e injusticia, y mata la sensibilidad de los niños”, pero lo considera necesario para el desarrollo del artista. “Que grandes películas habría hecho Buñuel -se lamenta-, si le hubiesen dado más dinero”.

Al genio de Calanda, protagonista en una de sus esculturas, lo conoció durante su estancia en México. Habla de él como una persona admirable por su sencillez y su despreocupación por lo material y superfluo: “Iba siempre con esa ropa tan modesta”.

Orensanz pertenece también a esa clase de artistas de otro tiempo con un estilo personal que va de lo sobrio a lo desastrado: con barba de dos días y pelo graso, traje gris grisáceo y una camisa azul a cuadros y lamparones remetida entre el cinturón y la pretina medio abierta, el aire del escultor recuerda bastante al de un Paco Martínez Soria descolocado en la ciudad.

Fuente: elhecho - Jorge Fernández


Ultima revisión artículo: 20-OCT-2004

 
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